viernes, 31 de mayo de 2019

Pensar en ti, a veces, es algo insoportable. Tener tantas neuronas entregadas al trabajo forzado de hacer algo que no quiero hacer. Y volver a rendirme ante lo evidente: Jamás, una felicidad puede nacer de otra. Y recuerdo esos domingos astrofísicos anclada a tu cuerpo de resaca y las ganas de no irme, pero me iba siempre. Volvía siempre al mundo que me esperaba y dejaba atrás tu espalda, huyendo del vértigo de la profundidad de tus brazos. Y se exactamente a como olía tu cuarto. Menguante. Que ahora se me antoja kilométrico. Los pasillos de tu guarida. Recorrerlos casi sin aire. Arropada por latidos inquietos y las ganas de dejar flotar los pies. Las duchas...el armario vacío de mis prendas en proyecto siempre de ser habitado. Su forma en L tapando la luz de las mañanas en las que si me rendía y casi me quedaba. Las "eles" y las esquinas eran la característica principal de aquel paraíso. Cogía las fuerzas. Respiraba y luego me iba a otras cruzadas sin ti. Llamando hogar a sitios que eran totalmente desconocidos para mi. Habitat de diario, mi casa, mi novio de siempre, mi perro...lo cotidiano. Me iba y venia entre tus sabias manos, para salir corriendo de Aquellas esquinas retorcidas donde me refugiaba en espacios intermitentes, espacios de aire me hacían perder la cordura. De cuando en cuando hace falta un éxodo para saber valorar lo que se supone teníamos, cuando estábamos cerca de todo y de todos, y a la vez, tan lejos.