miércoles, 17 de junio de 2015

Otro sin nombre

El olor narcotizando la neurona vaga y miserable de la culpa. ¿Hay algo mejor que recorrer el fondo de tu mirada? No hay paleta que contenga, el extraño negro de tus ojos. No hay sabor necio que sepa eliminar los restos de tu cuerpo. Por no entender que esto es tan diferente, a todo lo aprendido ya, aunque tenga mil años. Son los pasos de un niño, los ojos de un recién nacido, los que te miran esta vez… Renacer en tus señales de olivo, piel de tierra. Arenas movedizas en tus cabellos. ¿Hay algo más entrañable que el atravesarte el cuerpo? Morder el vientre, convertir tu apodo en mi nombre, reseñarte por siempre en la memoria. Crear aristas de lo prohibido entre tanto zumbido y zumbados. Pasar de locos tristes, a la rabia contenida de un momento. Esquizofrenia del minuto, quisiera guardarte siempre en mi caja de alabastro. Opresión de la ansiedad que me entra por mirarte. Felicidad cohibida, penada por la mayoría, por nosotros. Los que éramos, no fuimos, ni seremos… Quiero ser el arquitecto de tus bóvedas gastadas, reponerte las fuerzas, insistir una vez más. Insistir hasta que digas basta. Buscar cada noche mi rincón favorito, en el recodo arañado de tu espalda. Es tan diferente. Ahora sé lo que significa abrazar la nada… La nada agridulce de tus ausencias, para darme cuenta que en algún momento, en los giros absurdos de la noche, perdí el rastro de tus idas y vueltas… Inma Rivers

El sexo siempre acaba en desorden

Escaneo esta última semana. Me empapé de ti para que, ahora, salgan de todos mis poros, el rezumar de tu perfil. Dolor del vientre atravesado por tu sal, desprendiéndose de la montaña rusa de tus labios… Curvas imposibles. El ácido del sudor garabateando el camino. Se escapa el aliento, respiro el halo de tu sexo vago. El martirio de querer poseer tu esencia, tu savia… Un momento más, y me paso de la raya para desobedecer, desordenar… La vida que te quito y me das. Inma Rivers

Sín título

Ahora se acaba y empieza, mueren y nacen, segundos, horas… Te acepté en la noche. Te rechacé en la multitud del día, después de algún extraño abrazo. Quiero abarcar un encuentro perfecto, entre secretos, mentiras y vergüenza no culpable. Te amé entre otros, porque formabas parte de un tiempo que no acepté todavía. Te amé entre otros, sin culpa, porque me rendía a la respuesta de un inocente presentimiento… Te amé entre otros, con culpa, porque ya el presentimiento de un mal atardecer cedió en su insistencia de parecerme inocente. Te escogí entre los otros, porque eras nuevo y conocido. Te escogí entre los otros, porque, también, eras nuevo y desconocido. Nace y muere en este pequeño espacio de encuentros nocturnos, roce de los abrazos de algún inoportuno descanso, al que huí… Desde siempre. El favor desproporcionado que me ofrecieron tus besos, el calor latiendo en el olvido que quise atrapar con su fugacidad constante… Fue desproporcionado. Yo ardía con el hielo de mis propósitos. Fue falsa la etiqueta, jugué a las promesas desconocidas y recordé, que conocía, en un tiempo no aceptado, la inocencia de tus caricias en otras caricias. Inma Rivers

Love, Love, Love...

Me encantaría remover de nuevo el sudor en tu pelo. Saborear tus labios de seda, tu lengua de terciopelo. Oler la piel caramelo… Y después, lo que venga… Quedarme a instancias de tu mirada, cobijo de mi intriga. Dormir de nuevo, bajo el techo de esperanzas que preparamos para refugiarnos de un largo invierno… Recostando mi cabeza sobre codos fatigados como pies, recorriendo caminos de vidas incompletas para no empezar … Ya se acabó el verano, duró una semana, duró lo que duran tus manos en mi espalda. Será la primera vez que el invierno se haga eco en agosto y que mis mentiras caigan en tus trampas de familia… En tu mirada, habita un manantial de colores, que no existen en mi lienzo, indeciso de matices. Pero queman como el sol y sin embargo, son de luna llena… Resina de robles, forjados en largas noches de luna llena. Retales de tristeza de algo no consumido, que mueren las cosas aquellas para las que no tenemos tiempo y para las que no hemos nacido. Remuevo tu olor de un solo día entre tantos los vividos. Subí al tejado inconcreto de mi sed, espanté mi malhumor cotidiano bebido a sorbos largos. Lloverá en mayo sobre este tejado, cayendo sobre malditos, vengados y vendados. Ciegos como nosotros, a los placeres distraídos. Irresponsables, viejos y niños, valientes, cobardes… Tal como fuimos, debimos ser… No fuimos. Pasará este rencor de aprecios. Este desencanto de amanecer amarillento en culpa de tus labios… Mirada que prometía que todo era falso. Que creyera en ti. Que me pedían que me quedara un día más para descubrir… Y hubo un día más en el que supe que serías imán de todos mis deseos, pegados al instante recuerdo de tus ojos, turbados de tanto abrirlos a los míos desafiantes de secretos. Arena color tierra, ojos tierra color arena removida por el mar. Identificarlos es imposible. Pensarlos una vez más, dable… Imán de mis deseos, de todos mis deseos. Este es tu poema. Tu cuaderno de Pitágoras. Mi nueva religión, mi filosofía, mi credo, mi redención… Inma Rivers

Envejecer

La edad del 3 Cuando se despierta del descenso, defensas dentro y fuera, recuerdo como si fuera ayer, una subida asomándose a sus ojos, azúcar en la sangre diabetes oprimida. Podrías haber tenido más cuidado y en cambio sólo buscas, encontrar la culpa. La vida no se limita al cuadrado del cuadrado, o a las extravagancias de un poseso obstinado. Dentro del alma hay cicatrices que no se pueden desentramar con una incógnita matemática. Antes era más joven y más hermosa. Antes era joven y hermosa, y la vida golpeaba mi vientre palpitando de emociones que ahora… El tercer ciclo es esto, la vanguardia del pensamiento, la evolución, es esto, contemplar el pasado con arruga en la cara y olores amarillentos.

Cuento chino de la actualidad

La mujer que se creía un felino, con mirada cristalina de ojos cambiantes y tristes, de color ansia de vidas truncadas y con sabor a decepción en las noches perseguidas. Fue a encontrarse con el hombre de hojalata. Pero no hubo un camino de baldosas amarillas que juntar, con los talones de tacones desafinados en la resaca de la mañana. Ni corazón suficiente para comprar los pases del camino de vuelta. Las vías de servicio en desuso, llenaron los tranvías de vacíos, de noches blancas, de dolor amargo y de hiel en las sábanas. Con todo, esta es la historia de dos sonámbulos, que apostaron todo, y no apostaron nada. Que creyeron apartarse del mundo para encontrar a un mago de Oz desdeñoso y alejado con las manos vanas. Buscar dentro lo que pensábamos que faltaba, no pareció ser bastante… El mago de Oz no nos sonrió al llegar, ni las baldosas amarillas brillaron para nosotros. Este es el cuento, las cartas saben a despedida y el desencuentro describe nuestros momentos insuficientes de todo. La mujer felina se fue a arañar las paredes de su finito infinito. La impotencia mascada de una mañana sin palabras. Ya no hay palabras que describan el sabor a muerte frente al atardecer de los días que pasaban fugaces, sin que nunca pasase nada. El sol en el mundo de Oz, no es diferente al de los días grises que pintaban las rayas de la cárcel de algún traje de hojalata en interrupción. Ella araña con zarpazos crueles a su alma repleta de nada. Mientras el hombre de hojalata, teme llorar demasiado por si se le oxidan las bisagras que soportan el peso de sus puertas cerradas al mundo. Hubo un día que tuviste arenas movedizas que engullían los suspiros heridos de esta gata, que se calmaban en un gozo por vivir y revivir cien veces… Las ansias de compartir todo. Tus ojos color tierra mojada de la mañana, se antojaron cansados ayer. Hoy son metálicos. Hoy eliges la vida de plata fría. Inma Rivers

De hace mil años

Si dejara paso saldría, como un todo, conmoviendo los ojos pastosos del tiempo. Van saliendo, en forma de tinta, los restos de sal que te deberé siempre, Cicatriz de mi vientre, invierno suave, en una primavera con sabor a muerte. Temblar de miedo, temblar de dolor, invadiéndolo todo. Sé que si confieso el secreto de mi suerte, llora hasta el cauce seco en el que me convertí. Volvemos a ser como cuando niños. Yo, en aquel columpio, jugando a ser mayor, a saberlo todo… “No podemos, es pecado”. Dulce inestabilidad. Te enseñaba el mundo, y ahora entiendes, que, por lo que sea, vuelvo a enseñarte, a duras penas… No he aprendido nada. Tal vez por eso, por no ser apta, por mi falta de capacidad, la vida me negó la vida, que es peor que estar muerta. Hubo un poema que se llevó el aire, escrito con un pulso desesperado, y recibido por ninguna parte. (Tristes oídos que me acogieron). Suplicantes mis ojos a sus ojos, asomaron el depósito de cualquier milagro, y sólo encontré el castigo de un mundo de cenizas, removiendo la locura. Aprender del dolor más inerte, inestabilidad desesperada… Caer en suplicar… Sentir la necesidad de un útero materno, regresar a la tierra madre con sabor a sal, tierra calentada por el sol, sabiéndome a leche tibia, a todo lo bueno que aprendí en sus labios. Retener el pulso en la retina, mirando al suelo, el nervio de las losas mal pegadas, por el que no dejaré paso. Mirando atrás, buscando otra vez su sonrisa en la noche, la caricia del mar. Calma de infinitas oleadas. Olor a cuerpo materno. La madre que no fui. La madre que pierdo. Recuperar sus abrazos, sentido de todo. Vuelvo a desear ser otra vez una niña para prometer tu nombre a todo lo que crezca en mi caminar. Siempre querré retornar a la tierra que me acunó, tierna y suave, cicatrizando la vida en mis carnes. A mi madre. 06/05/2001