miércoles, 17 de junio de 2015
De hace mil años
Si dejara paso saldría, como un todo, conmoviendo los ojos pastosos del tiempo.
Van saliendo, en forma de tinta, los restos de sal que te deberé siempre,
Cicatriz de mi vientre, invierno suave, en una primavera con sabor a muerte.
Temblar de miedo, temblar de dolor, invadiéndolo todo.
Sé que si confieso el secreto de mi suerte, llora hasta el cauce seco en el que me convertí.
Volvemos a ser como cuando niños.
Yo, en aquel columpio, jugando a ser mayor, a saberlo todo…
“No podemos, es pecado”.
Dulce inestabilidad.
Te enseñaba el mundo, y ahora entiendes, que, por lo que sea,
vuelvo a enseñarte, a duras penas… No he aprendido nada.
Tal vez por eso, por no ser apta, por mi falta de capacidad,
la vida me negó la vida, que es peor que estar muerta.
Hubo un poema que se llevó el aire, escrito con un pulso desesperado,
y recibido por ninguna parte. (Tristes oídos que me acogieron).
Suplicantes mis ojos a sus ojos, asomaron el depósito de cualquier milagro,
y sólo encontré el castigo de un mundo de cenizas, removiendo la locura.
Aprender del dolor más inerte, inestabilidad desesperada… Caer en suplicar…
Sentir la necesidad de un útero materno, regresar a la tierra madre con sabor a sal, tierra calentada por el sol, sabiéndome a leche tibia,
a todo lo bueno que aprendí en sus labios.
Retener el pulso en la retina, mirando al suelo, el nervio de las losas mal pegadas,
por el que no dejaré paso.
Mirando atrás, buscando otra vez su sonrisa en la noche,
la caricia del mar. Calma de infinitas oleadas.
Olor a cuerpo materno. La madre que no fui. La madre que pierdo.
Recuperar sus abrazos, sentido de todo.
Vuelvo a desear ser otra vez una niña para prometer tu nombre a todo lo que crezca en mi caminar.
Siempre querré retornar a la tierra que me acunó, tierna y suave,
cicatrizando la vida en mis carnes.
A mi madre. 06/05/2001
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