miércoles, 17 de junio de 2015
Mi paso por los adoquines canallas
Madrid…
Hablamos de desconocimiento,
desconocemos los límites. Las fronteras.
Vivo en una ciudad, que cada día,
me deja las uñas con mugre
y la nariz entorpecida de aire poroso y denso.
Los ojos cada vez más pequeños,
como topos bajo tierra, sin luz y sin sueño.
Mezcla de sabores étnicos, tan a menudo,
aún cuando el insomnio mutila los sentidos y atonta la fe.
Pulir diamantes, como dijo aquella hermana,
o algún visionario de cartas.
cuando el destino aún significaba algo.
La religión de creer en uno mismo,
más tarde; La fatiga del después y después…
Cansados de no descansar lejos…
Junto al mar.
Pronto eché de menos el lugar de las sirenas, y la sal.
Aquella que dejé en la orilla…
arena atrapada en mil puñados y en cajas.
Coleccionando olas… Se quedaron atrás.
Vivo en una ciudad autómata,
que no tiene tiempo de saborear labios,
que me deja sus restos en la nariz y en las uñas.
Restos de diamante sin brillo,
pasos sin pulir, tacones sin huellas, ni caminos…
La quimera de los primeros fracasos.
Toparse con la desilusión de ver mundo
con cielo de humo, y gente compartiendo el mismo miedo.
Aquí estoy, esclava de tu tiempo, de minutos en los segundos.
Odiando y amándote tanto, y a la vez.
Cruzo mareas de multitudes día a día,
y, cada día, el equipaje es más pesado.
El precio a pagar, en alza.
“¿Cómo puedo cambiar de identidad?”
Pregunta un pasajero que se acaba de subir
a otro vagón de metro, de grises desengaños.
Quizá era mulato, o simplemente con acento.
En ese mismo vagón hay quien no opina,
sólo se dedica a mirar.
Otros juzgan y esquivan la mirada por vergüenza,
atrapados en sus libros disfrazados de papel de forrar; esfera de espacio vital.
Vehículo de miserias, reborde de personalidad sin personalidad.
Despierta el sinsentido de todo…
Me hubiera gustado que rieses a carcajadas,
pero tu corazón tiene secretos que no entienden
la visceralidad de tus entrañas llenas de túneles y migrañas.
La sorpresa de encontrarte, encierra el mayor
juego irónico de este escenario de felicidad siempre incompleta.
La sonrisa muda…
Soy un oyente de tu espectáculo circense,
a través de las aristas de una ventana arañada y gastada
que deforma más aún la realidad de dejarse arrastrar
por la marea. Por los continuos vaivenes
de un cuerpo sin cuerpo, diario.
La falta total de inercia y de energía.
La falta total de músculos y de mínimas expresiones en los rostros.
Las noches son para despertar las terrazas de la bohemia.
Aterrizas en Lavapiés, y lo mejor es fumarse un porro,
frente al atardecer, en un banco de Santa Isabel, o de Tirso de Molina,
o pasear sin rumbo hasta “el Cascorro” y escondernos de todos.
Aventuras y desventuras, alegrías compartidas.
Interesantes vidas anónimas, mientras pierdes las horas
yendo de una punta a la otra.
De Hortaleza, a Móstoles. De Getafe a Barajas.
Parada en Sol, descansas en Moncloa,
aceleras el ritmo y vuelves a casa, por la Gran Vía,
cerca de Montera, recuerdas siempre la dirección que esquivas;
Virgen de los Peligros.
Suspiros de sexo y momentos de excesos.
Buenos recuerdos.
Frente al escaparate de lo
que hoy nos lleva a conocer Chueca.
Llegas a Ave María, pies rendidos, agotamiento,
un día más de gente, de gentío.
Se endurece, la piel, el carácter,
y ya no te gusta pararte a hablar con los desconocidos.
En ese momento, eres mimético con el paisaje
que te recuerda a diario
que ya no hay brisa, ni marea,
ni salitre, ni caracolas sonoras ahí fuera.
Imán de huida en cualquier caso.
Madrid entre adoquines que son canallas pistas de aterrizaje,
te atrapan con una red de araña y al final siempre te engancha.
Inma Rivers
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